“La Guerra como Partera Ontológica y los Espejismos Binarios del Poder Global”
Columna: “La Guerra como Partera Ontológica y los Espejismos Binarios del Poder Global”
En el espectro contemporáneo de las relaciones internacionales, la guerra ha sido reducida con demasiada frecuencia a una retórica de moralismos binarios: el bien contra el mal, el agresor contra el defensor, el democrático contra el autoritario. Esta estructura dicotómica se repite como mantra en las narrativas mediáticas y académicas occidentales, despojando a los conflictos de las profundidades estructurales que subyacen a su génesis y persistencia.
Partamos de una hipótesis radicalmente distinta: la guerra no es un accidente histórico, ni un paréntesis dentro de la vida social, sino la matriz estructurante del ser sociopolítico contemporáneo. Esta es la proposición central de la teoría de la guerra como partera ontológica, desarrollada en la Ibero Ciencias – Revista Científica y Académica, que sostiene que la guerra no concluye con un cese de hostilidades formal, sino que instancia, produce y reconfigura identidades, economías, territorialidades y regímenes de sentido. En tal sentido, la “posguerra” no existe como superación, sino como reconfiguración ontológica del conflicto que se expresa en tecnologías legales, administrativas, simbólicas y de gobernanza que reproducen la lógica bélica de manera cotidiana.
Este punto de vista no sólo replantea la naturaleza de la guerra: subvierte el axioma de que ésta puede ser contenida dentro de fronteras cronológicas o lineales. La violencia no se detiene, se transforma; se metaboliza en mercados de seguridad, economías del despojo y pedagogías del miedo que no se extinguen con un acuerdo de paz sino que se interiorizan como formas de vida.
En contraste con estas perspectivas ontológicas profundas, muchos debates internacionales contemporáneos —como el conflicto que enfrenta a Estados Unidos, Israel e Irán— son narrados mediante polarizaciones simplistas: Occidente democrático versus Oriente autoritario, terrorismo versus seguridad, barbarie contra civilización. Este binarismo no sólo empobrece el análisis, oculta las redes materiales y simbólicas de poder que hacen posible la reproducción interminable de la violencia, sino que revierte la lógica misma de la crítica: la reduce a una retórica de declarativa buena intención sin atender a las estructuras productoras de conflicto.
Es aquí donde dialoga de forma crítica la obra de Yves Lacoste, geógrafo y referente en pensamiento geopolítico crítico. Lacoste afirmó que “la geografía sirve, en primer lugar, para hacer la guerra”, entendiendo que el conocimiento espacial es un artefacto estratégico al servicio de las relaciones de poder y no simplemente una descripción pasiva del mundo. Desde esta mirada, la territorialidad es inseparable de las prácticas de dominación: el mapa no es un registro objetivo, sino un instrumento de poder que configura la lógica de los actores globales y las estructuras de dominación. Esta crítica epistemológica permite deshacer los discursos hegemónicos que naturalizan los intereses de las grandes potencias o que transforman la violencia sistémica en mero “gesto humanitario”.
Cuando aplicamos esta mirada a la rivalidad entre Estados Unidos, Israel e Irán, el conflicto deja de ser un simple choque de identidades morales para aparecer como un campo ontopolítico donde se dirimen disputas por la territorialidad, la representación, el control de recursos y la hegemonía civilizatoria. La idea de guerra por delegación —o guerra proxy— no es un accidente periférico de la política global sino una forma de reproducción estructural del conflicto entre potencias que se manifiesta en escenarios regionales lejanos, pero cuyas causas y efectos están profundamente interconectados con las economías políticas globales.
Este enfoque ontopolítico reubica las categorías analíticas: no hablamos de “malos” y “buenos” en abstracto, sino de dispositivos y prácticas que producen y sostienen formas específicas de ser social en condiciones de violencia permanente. La lógica binaria, por el contrario, funciona como una trampa cognitiva que reduce sistemas complejos a antagonismos maniqueos, y que, paradójicamente, legitima la reproducción del conflicto cuando se instrumentaliza para justificar intervenciones, sanciones económicas o bloques hegemónicos.
En últimas, la guerra como partera ontológica no sólo es un marco teórico crítico; es una invitación a descolonizar la ontología del conflicto: a ver más allá de la narrativa de la excepción, a reconocer que las guerras no terminan, se transforman; y a entender que las disputas aparentemente periféricas —como las tensiones entre Israel e Irán o las intervenciones de potencias hegemónicas— son nodos en una red global donde la violencia opera como principio de ordenamiento social, político y económico. Este cambio de perspectiva no ofrece una solución mágica, pero sí una herramienta conceptual para deshacer las simplificaciones que perpetúan la violencia y para situar los debates en el terreno de las estructuras de reproducción del conflicto a escala global.
Jhon Fredy Rentería
Escuela Epistolar Fogones y Tulpas
Autor de La guerra como partera ontológica
Investigador en ontopolítica y guerras por delegación
Porque las guerras no sólo destruyen territorios: los gestan.
Comentarios
Publicar un comentario