LOS MORALISMOS BINARIOS DE LA MILITARIZACIÓN COMO LA NUEVA UNIVERSIDAD DEL SIGLO XXI

 











LOS MORALISMOS BINARIOS DE LA MILITARIZACIÓN COMO LA NUEVA UNIVERSIDAD DEL SIGLO XXI

 

Carta II: Sobre cifras, cuerpos y la economía silenciosa del fusil


A quienes aún interpretan la militarización como un fenómeno exclusivamente ideológico:


Les escribo ahora no desde la intuición, sino desde las cifras; no desde la narrativa, sino desde los patrones que emergen cuando se observa el país sin anestesia discursiva.


Porque si algo revela Colombia con crudeza es esto: la guerra no solo produce muerte, también produce empleo.


Y esa afirmación, incómoda pero verificable, exige ser pensada sin moralismos binarios.


Comencemos por un dato estructural: Colombia ha sostenido en los últimos años una tasa de desempleo juvenil que oscila según el DANE entre el 17% y el 22%, dependiendo del trimestre y la región. Pero más allá de la cifra agregada, lo que importa es su distribución territorial: en zonas periféricas, rurales o históricamente marginadas, el desempleo juvenil supera con facilidad esos promedios.


Ahora bien, frente a ese escenario, ¿qué ofertas reales de inserción existen?


El Estado, por un lado, ha fortalecido su aparato institucional en términos salariales y de vinculación. El salario de un soldado profesional o patrullero en Colombia ha experimentado incrementos progresivos en los últimos años, no solo por ajustes del salario mínimo, sino por incentivos adicionales, bonificaciones y mejoras en condiciones contractuales.


En términos concretos, un joven sin formación universitaria puede acceder a ingresos estables, seguridad social y una trayectoria institucional relativamente clara dentro de las fuerzas armadas o de policía. En un país donde amplios sectores juveniles sobreviven en la informalidad, esta opción no es menor.


Pero aquí es donde el análisis se complejiza.


Porque esa no es la única oferta.


Desde una lectura no moralizante, es necesario reconocer que los grupos armados ilegales disidencias, estructuras criminales, economías ilícitas también configuran esquemas de vinculación económica. En muchos territorios, estos grupos ofrecen ingresos que, aunque variables y altamente riesgosos, superan en el corto plazo las posibilidades del mercado formal local.


No se trata de equiparar legitimidades.

Se trata de reconocer simetrías funcionales.


Ambos sistemas legal e ilegal compiten por el mismo recurso: la juventud disponible.


Y en ese punto, la militarización deja de ser una política para convertirse en un mercado.


Desde una perspectiva heurística, los jóvenes no están tomando decisiones ideológicas, sino estratégicas. Evalúan riesgo, ingreso, pertenencia, movilidad y horizonte de vida. Y en esa evaluación, el fusil aparece, con frecuencia, como una opción racional dentro de un conjunto de opciones limitadas.


Esto nos obliga a reformular la pregunta:


No es por qué los jóvenes ingresan a estructuras armadas.

Es por qué el sistema no logra ofrecer alternativas suficientemente competitivas.


Desde la hermenéutica, el discurso oficial suele narrar el ingreso a la fuerza pública como vocación, honor y servicio. Mientras tanto, el discurso sobre los grupos armados ilegales se centra en criminalidad y desviación.


Pero ambos discursos omiten una dimensión clave: la economía política de la decisión.


Porque, en términos materiales, ambos escenarios representan formas de inserción laboral en contextos de exclusión.


Y aquí emerge la categoría más incómoda de todas: la proletarización armada.


Una condición en la que el joven no vende su fuerza de trabajo en una fábrica, ni en una empresa, sino en estructuras donde el control territorial, la coerción y la violencia son parte del proceso productivo.


El fusil no es solo un arma.

Es un medio de producción.


Si organizamos esto en términos silogísticos, la estructura vuelve a cerrarse con precisión inquietante:


Premisa mayor: Todo sistema económico que no absorbe su fuerza laboral genera mercados alternativos.


Premisa menor: Colombia presenta déficits estructurales de absorción laboral juvenil.


Conclusión: Los mercados armados  legales e ilegales operan como sistemas alternativos de empleo.



Pero lo verdaderamente disruptivo no es la existencia de estos mercados, sino su normalización progresiva.


Hoy, en amplios sectores del país, ingresar a una estructura armada no es percibido como una ruptura radical, sino como una transición posible dentro del ciclo de vida.


Eso es lo que convierte a la militarización en la nueva universidad del siglo XXI.


Porque forma, disciplina, remunera y proyecta trayectorias.


No entrega títulos.

Pero sí produce identidades.


Y aquí es donde el moralismo binario vuelve a fallar.


Reducir este fenómeno a “bueno” o “malo” impide comprender su profundidad estructural. Porque el problema no es únicamente la existencia de actores armados, sino el ecosistema que los hace funcionales.


Les escribo, entonces, para incomodar una certeza:


Mientras el país siga produciendo jóvenes sin horizonte laboral viable,

la militarización  en todas sus formas seguirá siendo una opción racional.


No porque sea deseable.

Sino porque es disponible.


Y en esa disponibilidad, silenciosa pero persistente, se está formando una generación cuya principal experiencia de institucionalidad no será la escuela ni la universidad, sino el campo armado.


Una generación que no será educada para habitar el mundo,

sino para sobrevivir en él.


Con la insistencia de quien no se conforma con explicaciones simples,


Jhon Fredy Rentería Chala


Consejería de Saberes

Escuela Epistolar, Fogones y Tulpas

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