La pintura de la guerra en América Latina
«La pintura de la guerra» (2025) de Jhon Fredy Rentería Chala continuador del programa teórico de la Geocenosis Disolutiva (2025) instala en el tránsito entre estética, geopolítica y decolonialidad una problemática inédita:
¿cómo se inscribe la violencia estructural en la superficie misma del continente americano cuando el paisaje se piensa como cuadro y el color como ordenamiento tácito?
A diferencia de la tradición que lee la pintura de batallas como ilustración post factum del conflicto, la obra disloca el vector representacional: no se trata de mostrar la guerra, sino de exponer los pigmentos, las retículas cartográficas y los dispositivos botánicos con los que la guerra pigmenta el devenir-humano y el devenir-suelo de América Latina. El verde –color-fetiche de la eco-política neoliberal– es desmontado como necropolítica clorofílica: un dispositivo que oculta, bajo la retórica del “desarrollo verde” y la “biodiversidad”, la continuación del extractivismo y la desposesión territorial.
En diálogo con Rivera Cusicanqui (2018) y su denuncia del “ecocidio instrumental”, con Mignolo (2021) y su crítica al “colonialismo del vivir”, y con Segato (2022) y su análisis de la “guerra de baja intensidad”, Rentería Chala despliega una gramática botánica del poder donde cada especie vegetal funciona como topónimo encarnado: el banano, la coca, la palma aceitera y el eucalipto no son meras materias primas, sino actantes que traducen la violencia en índices de color, olor y sabor.
El método es el contrapensamiento pictórico: una práctica que, lejos de la denuncia testimonial o del gesto redentor, apuesta por una insurgencia epistolar que desestabiliza la “colonización de los sentidos” (Walsh, 2023). Cada capa pictórica se piensa como estrato geológico donde se sedimentan épocas de despojo; cada trazo, como línea de fuga que desconecta el ojo occidental-científico y reentrena la mirada en escalas amerindias.
La tesis central afirma que el conflicto armado latinoamericano no habita en el territorio sino que es el territorio: una matriz cromática que colorea cuerpos, afectos y lenguas hasta convertirnos en figuras de un paisaje-pantalla. Por tanto, la tarea estética no es representar la guerra, sino desactivar la paleta con la que la guerra nos pinta.
En palabras del autor:
«La pintura de la guerra no busca representar el conflicto, sino interrumpir la pigmentación que convierte a América Latina en un cuadro-territorio al servicio del capital.» (Rentería Chala, 2025: 17).
La obra se inscribe, así, en la emergencia de una estética del des-pintar que desmonta la “geografía virreinal del verde” y abre paso a una política del color donde la superficie pictórica deviene superficie política, esto es, pliegue donde se disputa quién puede ser sujeto de paisaje y quién permanece como fondo descartable.
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