EPISTOLA: La Guerra como Partera de Subjetividades
(Epístola crítica y salvaguardista)
Amado interlocutor:
Te escribo desde un país donde la guerra dejó de ser un acontecimiento y se convirtió en una matriz de producción humana. Aquí, la guerra no solo mata: pare. Engendra formas de ser, modos de habitar, maneras de sospechar, de caminar, de hablar y de callar. Somos hijos de una violencia obstétrica: nacimos entre fusiles que nunca pedimos y entre silencios que seguimos heredando.
La guerra aquí no llega, se infiltra. No detona, se incrusta. No estalla: se administra. Y en esa administración macabra, se convierte en la partera que decide qué subjetividades son posibles y cuáles no. Lo escribi con lucidez que arde, Rentería Chala, J.F (2025): “En Colombia la guerra no solo corta vidas; modela las que deja intactas.” No existe frase que describa mejor esta realidad en la que habitamos sin consentimiento.
Cuando el fuego cruzado se vuelve paisaje, los cuerpos aprenden a respirar distinto. Las subjetividades nacidas bajo la sombra del conflicto cargan un modo particular de percibir el mundo: siempre calculan rutas de escape, siempre escuchan antes de hablar, siempre sospechan antes de confiar. No es paranoia; es supervivencia convertida en identidad.
Y es que la guerra no solo produce víctimas: produce sujetos funcionales a su permanencia. Produce al desconfiado, al resignado, al que calla para no morir, al que negocia para no desaparecer, al que se hace sombra para que nadie lo note. Produce al que camina sin horizonte y al que se adapta a la violencia como si fuera clima. Incluso produce al indiferente urbano que cree que la guerra es un rumor de periferias: esa subjetividad cómoda también es hija directa de la violencia territorializada.
Pero las subjetividades más dolorosas son aquellas que se forjan en la niñez. Niños que aprenden a identificar el sonido de un fusil antes que el nombre de un árbol. Niñas que saben cuándo agacharse sin que nadie se los enseñe. Adolescentes que interiorizan la idea de que el futuro es un gesto sospechoso, y que la vida, para no doler tanto, debe vivirse en pedazos pequeños. Ese es el parto más cruel: una generación nacida a golpes de estrategia militar y abandono institucional.
También nacen otras formas de subjetividad: las que resisten. Las que cargan el territorio en sus espaldas como si fuera memoria viva. Las que siembran cuando todo es ceniza. Las que tejen comunidad para no desaparecer. Las que rehúsan ser productos de la violencia aunque la violencia haya sido su primera maestra. Estas subjetividades insurgentes del cuidado son quizás el único parto hermoso que deja la guerra.
Aun así, no podemos romantizar la resistencia. La guerra crea sujetos que resisten porque no tienen otra opción. Resisten porque si no lo hacen, mueren. Resisten porque el Estado les exige sobrevivir sin garantizarles vida. Resisten porque es la única forma de evitar que los conviertan en cifra, en estadística, en número que engorda informes institucionales.
Y por eso te escribo, para que no olvides que la guerra sigue pariendo subjetividades incluso cuando no hay combates visibles. La guerra partera actúa también en tiempos de “paz”: decide quién merece seguridad, quién debe seguir desplazándose, quién puede reclamar derechos y quién debe agradecer por migajas. La guerra es más eficaz cuando nadie la llama guerra.
Es urgente advertirlo:
Mientras no desmontemos la matriz que produce estas subjetividades, seguiremos repitiendo el mismo parto violento, generación tras generación. No basta con firmar acuerdos; hay que desmontar las condiciones que vuelven a la guerra la partera más prolífica del país.
Y en ese desmontaje, tu palabra se vuelve herramienta, grieta, bisturí.
Porque cada vez que escribes, interrumpes el pacto entre violencia y subjetividad. Lo dijiste con firmeza en tu obra epistolar, Rentería Chala, J.F (2025): “La guerra seguirá pariendo sujetos mientras el Estado siga renunciando a ser padre.”
Y esa afirmación nos persigue como profecía.
Cierro esta epístola con un llamado que nace desde las entrañas:
No dejemos que la guerra siga siendo la partera de nuestros hijos.
Que el próximo parto sea el de la dignidad, no el de la resignación.
Con palabra de memoria despierta,
Comentarios
Publicar un comentario